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ARI Nº 12/2005 (Traducción del inglés) -- Análisis
Soeren Kern   ( 14/2/2005 )

Iran está en el punto de unión entre dos de las mayores preocupaciones de seguridad nacional estadounidense: el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva. El informe de la comisión del 11-S sugirió que Iran podría tener una mayor relación con al-Qaeda que Irak. Debido a la radical naturaleza del régimen iraní, se ha reavivado el temor sobre el acceso terrorista a armas de destrucción masiva. El Departamento de Estado estadounidense afirma que Iran es el mayor patrocinador estatal del terrorismo y que continúa apoyando a grupos militantes involucrados en diferentes conflictos regionales, incluido el palestino-israelí. El descubrimiento de más de 50 toneladas de armas iraníes con destino a Palestina en el barco mercante Karine-A a principios de la Administración Bush fue la causa de la inclusión de Irán en el “Eje del Mal”, poniéndolo claramente bajo las miras de la nueva política de acción preventiva estadounidense.

Iran también mantiene relaciones con centros de poder alternativos en Afganistán e Irak y podría incidir negativamente en ambos países tanto a corto como a largo plazo. Ciertamente, la adquisición de armas nucleares por parte de Iran podría animar a su agresivo liderazgo conservador a intimidar a sus países vecinos, neutralizar a Europa y respaldar al terrorismo en contra de los intereses de Israel y EEUU en Oriente Medio y otros lugares. Un Irán nuclear se encontraría en la posición única de poder bloquear el acceso a través del Golfo Pérsico, un enclave vital desde el punto de vista estratégico. Alrededor del 40% del comercio del petróleo pasa por el estrecho de Ormuz.

Asimismo, es muy probable que una bomba iraní provocaría una carrera armamentista nuclear en Oriente Medio. Si los países vecinos a Irán no están convencidos de la firmeza de EEUU en frenar la amenaza nuclear iraní, podrían empezar a pensar en la posibilidad de adquirir ellos mismos armas nucleares. Hay indicios de que tanto Arabia Saudí como Turquía (ambos rivales de Irán desde hace tiempo) están ya debatiendo la cuestión.
Dada la situación central que ocupa Iran en Oriente Medio, su conducta tanto interna como externa tiene importantes repercusiones para la región en su conjunto, así como para los intereses estadounidenses en ella. Por tanto, desde la perspectiva de EEUU, un Iran antinorteamericano y con armamento nuclear sería una enorme amenaza para la seguridad regional e internacional.
Como consecuencia, en Washington hay un amplio consenso bipartidista de que la contención de Iran debe ser una de las máximas prioridades de seguridad nacional para el segundo mandato de Bush. No obstante, sigue existiendo una clara discrepancia entre “halcones” y “palomas” en los círculos políticos de Washington sobre el mejor modo de actuar con respecto a Teherán. Algunas opiniones de línea dura (especialmente entre los neoconservadores) argumentan que el régimen no tiene rehabilitación posible y que las condiciones son favorables para una inminente revolución que lleve consigo un cambio democrático total en Iran. Aunque muchos analistas consideran este argumento excesivamente optimista, estas previsiones han ayudado a dar forma a la política estadounidense con respecto a Teherán, condicionando a la Administración Bush a realizar un acercamiento hacia supuestos líderes de la oposición y haciendo que los encargados de formular las políticas estadounidenses sean reacios a tratar con el régimen actual a fin de impedir su perpetuación en el poder.

El contra-argumento realista, tanto dentro como fuera de la Casa Blanca, es que el régimen iraní se encuentra demasiado arraigado como para que la influencia estadounidense lo pueda cambiar; controla todos los instrumentos de poder y la oposición no tiene un grado suficiente de unidad como para presentar un reto coherente al sistema actual. Por tanto, si Washington desea seguir manteniendo relaciones con Iran, debe seguir tratando con el régimen actual.
Un creciente grupo de expertos en política exterior estadounidense recomienda un diálogo limitado con Teherán. Un estudio realizado por el Consejo de Asuntos Exteriores en julio de 2004 titulado Iran: Time for a New Approach sostiene que el régimen de Teherán es en principio estable y que una intervención militar directa por parte de EEUU para cambiar el régimen no es viable (Iran es tres veces el tamaño de Irak y posiblemente ofrecería una mayor resistencia a una ocupación extranjera). Además, el ejército norteamericano ya se encuentra al máximo de su capacidad debido a su presencia en Afganistán e Irak. En cambio, el estudio sostiene que Washington debería incrementar sus esfuerzos por conseguir la cooperación de Iran en temas de interés común, porque la actual falta de una relación estable con Iran va en detrimento de los intereses estadounidenses. Concluye que, debido a la importancia económica y geoestratégica de Iran, el Gobierno estadounidense debería revisar su estrategia de acercamiento, fomentando el diálogo con Teherán como preludio a una normalización diplomática.

Estos puntos de vista opuestos, junto con la incertidumbre que rodea a la fecha exacta en que Iran complete su ciclo nuclear, han llevado a la Administración Bush a verse bajo una intensa presión de tener que comprometerse, sin ningún tipo de ambigüedades, o a una política de cambio de régimen o a una de compromisos limitados y dirigir sus acciones adecuadamente. Pero también se está debatiendo otra opción.

Razones por las que es concebible un ataque militar

Se especula intensamente sobre la posibilidad de que Israel y/o EEUU tienen la intención de atacar la planta nuclear de Bushehr, así como otras instalaciones en Irán, antes de que Rusia entregue las barras de combustible a finales de 2005. El presidente Bush ha afirmado que no tolerará el desarrollo de armamento nuclear iraní. El director del Mossad, comentó recientemente que las armas nucleares iraníes representan, por primera vez, una amenaza para Israel. De hecho, no se puede descartar un ataque preventivo (parecido al que Israel llevó a cabo contra el reactor iraquí de Osirak en 1981).

No obstante, incluso los (de algún modo) escarmentados neoconservadores admiten que Iran es cuantitativa y cualitativamente distinto de Irak. El número de diciembre de la revista Atlantic Monthly contenía un aleccionador artículo titulado Will Iran Be Next? Para elaborar dicho artículo, el autor reunió a un grupo de antiguos altos cargos de seguridad estadounidense para llevar a cabo un fascinante “juego de guerra” sobre Irán y así poder estudiar las opciones militares de EEUU y recomendar el enfoque más apropiado. Los resultados se pueden resumir en dos oraciones: “Sr. Presidente, no tiene ninguna solución militar para resolver el problema de Irán. Debe hacer que la diplomacia funcione”.

Las opciones israelíes para contrarrestar la amenaza nuclear de Iran son limitadas. Si Israel se decidiera a actuar solo, se enfrentaría a un reto mayor de lo que supuso Osirak porque la distancia es mayor. Además, los objetivos se encuentran muy bien protegidos (algunos incluso en profundas instalaciones subterráneas) y no es probable que Turquía, Arabia Saudí o Jordania permitieran a Israel sobrevolar su espacio aéreo en dirección a Iran. Si Israel utilizara la ruta de Jordania hacia Iran, EEUU se vería obligado a permitirle sobrevolar espacio aéreo iraquí, lo que se consideraría una complicidad estadounidense en dicho ataque.

Además, un ataque militar tendría muy pocas posibilidades de éxito en frenar el programa nuclear iraní. En realidad, el ataque que Israel llevó a cabo en Osirak apenas consiguió frenar las aspiraciones nucleares de Irak. Aunque sí retrasó temporalmente la capacidad iraquí, lo que realmente hizo fue aumentar los deseos de Sadam de poseer un arsenal nuclear. Un ataque preventivo contra las instalaciones iraníes podría mejorar las perspectivas nucleares de Iran a largo plazo, ya que le daría a Teherán una justificación para emprender un auténtico programa de disuasión nuclear. Además, a diferencia de Irak en 1981, Iran ya no depende de las importaciones extranjeras de tecnología nuclear y posee la materia prima, además de la mayor parte de las técnicas y diseños necesarios para un programa completo de armamento nuclear. Dada la sofisticada naturaleza de sus capacidades, incluso en el caso de que se destruyeran sus instalaciones principales, Iran ya dispone de los conocimientos necesarios para desarrollar un programa de armamento nuclear aún más pujante a largo plazo.

Un ataque militar preventivo también suscitaría duras represalias por parte de Teherán. Iran ya ha amenazado con destruir el reactor nuclear de Dimona en Israel si el Estado judío ataca sus instalaciones nucleares. También sería probable un contraataque con misiles por parte de Irán a las bases estadounidenses del Golfo Pérsico, seguido por un firme esfuerzo de desestabilización de Irak. Iran también podría optar por desestabilizar Arabia Saudí y otros Estados del Golfo y provocar al Hizbulah libanés para que lanzara ataques con misiles contra el norte de Israel.

Por consiguiente, la utilidad estratégica de un ataque preventivo unilateral contra dichas instalaciones nucleares tendría probablemente una corta duración y podría acarrear efectos adversos a los intereses estadounidenses en Oriente Medio. Aún así, EEUU debe tratar con Iran de algún modo. De hecho, un ataque militar preventivo no es una opción a descartar, especialmente si la Casa Blanca decidiera que una bomba nuclear iraní supondría una amenaza tan grave para los intereses estadounidenses que el simple hecho de posponer dicho proceso sería un objetivo en sí, a pesar del coste que conllevaría.

En caso de que EEUU consiga información válida en lo que respecta a las instalaciones iraníes, e incluso si la diplomacia de los países europeos fracasara en el intento de conseguir garantías reales por parte de Iran, la Administración Bush podría concluir que deberá, en un breve espacio de tiempo, hacerle a Irán lo que los israelíes le hicieron a Irak. Un ataque estadounidense a las instalaciones nucleares de Iran (utilizando misiles de crucero y misiles guiados desde bombarderos invisibles) no se anunciaría con antelación. En vez de ello, una emisión televisiva a la mañana siguiente anunciaría que la misión se habría llevado a cabo. Los líderes europeos expresarían públicamente su indignación colectiva, pero en privado muchos se sentirían aliviados de haberse librado de la amenaza.

Conclusión: Iran representa el reto más apremiante al que se enfrenta la Administración Bush. Si la diplomacia de los países europeos fracasa en impedir que se materialicen las ambiciones nucleares iraníes, EEUU podría llegar a la conclusión de que la única opción restante sería un golpe militar preventivo a las instalaciones nucleares iraníes.

Soeren Kern        
Investigador Principal, Área de EEUU y Diálogo Transatlántico, Real Instituto Elcano


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